Andandabidegorri o las aventuras de dos maños en Bilbao

Semejante vocablo del titular es una ingeniosa invención de mi vecina Mery, impulsora de gran parte de nuestro viaje a Bilbao como amante de la ciudad que es. Hace un mes supimos que coincidíamos en un finde libre a finales de marzo (¡milagro!) y nos pusimos manos a la obra de planear una escapada. A mí me apetecía el norte y a Miguel, como siempre, le apetecía Andorra. Tras un largo periodo de negociación en el que me benefició que en Andorra fuera temporada alta y se nos agotaran las opciones, convencí a Miguelico para irnos a Bilbao con una ofertaza que había encontrado en un palacio. Sí, sí, un palacio tal cual.

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Bueno, realmente no se trataba de Bilbao ciudad sino de Santurce o Santurtzi, más al norte, casi donde la ría se une al mar. Desde el verano en San Sebastián no habíamos podido hacer ninguna escapada (ya no digo viaje porque nuestros días libres son muy limitados) y teníamos muchas ganas. Así que el viernes emprendimos el camino hacia Euskadi y llegamos tan tarde y cansados que guardamos todas nuestras fuerzas para el sábado, encantados con el alojamiento en el palacio y esperanzados con que aquello de las lluvias del fin de semana a nosotros no nos afectara mucho.

Pobres ilusos, porque a las 8 de la mañana cuando me levanté había ya un encapotamiento y una lluvia que pronosticaban un día muy gris, aunque quizás no tan pasado por agua como resultó. Levantar a Miguel por la mañana siempre es el primer reto del día, así que nos encaminamos hacia el segundo: el viaje a Bilbao. Cogimos el cercanías por comodidad, ya que la parada estaba justo al lado del hotel, aunque luego nos dijeron que el metro era mejor y más barato, pero nos habríamos perdido esa vidriera de la estación de Abando que supuso la primera sorpresa del día.

Al salir de Abando, la oficina de turismo: todo rodado hasta el momento. Una chica super simpática nos contó todo lo que podíamos hacer, pese a la lluvia, y nos encaminamos, bajo la lluvia. Tomamos la Calle Navarra hacia el casco antiguo, la Plaza Nueva, las Siete Calles… Todo ello entre desayuno y “poteo”, como se llama a lo que aquí es ir de tapeo, porque la lluvia nos hacía pedir treguas.

Yo lo tenía claro: lo principal de ese viaje tenía que ser el Guggenheim, un museo con el que he soñado desde hace años. Y parecía que el día me iba a acompañar en el sentido de que apetecía pegarse por sus salas toda la tarde. perfil1

Así que a mediodía emprendimos el camino inverso para llegar hasta él, por la Gran Vía llena de tiendas y edificios que me hacían mirar hacia arriba boquiabierta, de modo que las gotas inundaban mis gafas y yo las tenía que limpiar una y otra vez.

Bilbao, tan señorial, ecléctica e imponente. Me llamó mucho la atención esta plaza en la que parecía que el edificio más austero de la ciudad estaba midiéndose frente al edificio más ecléctico y recargado. Mirabas a un lado y otro y parecía primero que estabas en un régimen comunista y después en Blancanieves.

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Pasito a pasito con los pies mojados llegamos al Guggenheim, saludando al encantador Puppy (Jeff Koons) en su puerta. Nos reímos mucho cuando, a la entrada, descubrimos que había un parking de paraguas: eso yo no lo había visto en ningún otro lado y allí era tan necesario que casi no había hueco.

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Comenzamos visitando la planta baja, jugando con las palabras y letras de Jenny Holzer en su “Instalación para Bilbao”: lleva al museo la técnica publicitaria de los mensajes a través de luces LED para transmitir textos sorprendentes sobre el amor, la vida y varios conceptos que te dejaban reflexionando mientras perseguías las letras en movimiento.

Después nos adentramos en otro mundo: el que crea Richard Serra en “La materia del tiempo” con esas esferas y conos gigantes que crean pasillos y espacios imposibles en los que tu percepción del tiempo se altera según tus sensaciones. Realmente había ocasiones en las que parecía que estabas encerrado y que se estaba haciendo eterna la búsqueda de una salida que no sabías si ibas a encontrar.

También recorrimos las obras de “Panorama” de Pello Irazu y disfrutamos de esa arquitectura de locura del edificio de Frank Gehry, que generaba formas y espacios imposibles, mientras subíamos a la segunda planta y el mundo del expresionismo abstracto. Allí me puse delante de genios como Pollock o Rothko, antes de continuar con la exposición temporal de “La colección de Hermann y Margrit Rupf “, los primeros coleccionistas suizos que centraron su labor en el arte abstracto y contemporáneo, dejándose guiar por su criterio personal. Entre su colección, joyas de Picasso, Gris o Klee que hacían desear con todas tus fuerzas ponerse en su piel.

En el interior del museo, terminamos con las “Obras maestras de la Colección del Museo Guggenheim Bilbao”, en la tercera planta. Una serie de creaciones de gente tan dispar como Braque, Kiefer, Warhol, Oteiza o Chillida, lo mejor de lo mejor de la casa que dejó un muy buen sabor de boca: ¡era como un paraíso!

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Nos quedaba lo de fuera y llovía a mares, pero no podíamos perdérnoslo. Así que nos aventuramos a volver a caminar bajo el diluvio, entre los charcos de la pasarela que rodean al museo y así pudimos pasar por entre las obras “El gran árbol y el ojo” de  Anish Kapoor, los “Tulipanes” de Jeff Koons (el mismo que creó a “Puppy”), los “Arcos Rojos” de Daniel Buren. Y, por último, la famosa “Mamá” de Louise Bourgeois, esa araña que encarna el papel de la maternidad según el punto de vista de la artista y que a mí me inquieta y apasiona al mismo tiempo.

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Casi parece que con esto ya habíamos tenido demasiado para el sábado, pero la noche con unos grandes anfitriones que nos llevaron de “poteo”, de bar en bar, tomando “zuritos” y “pintxos” os aseguro que valió mucho la pena. Tanto que el domingo, con una hora de sueño que nos quitaron (“a las 3 serán las 2”) no podíamos con nuestra alma… Pero nos acercamos a visitar el Puente colgante de Portugalete y paseamos por la lujosa playa de Las Arenas de Getxo, donde construyeron sus casas la crème de la crème del Bilbao industrial y donde a nosotros nos habría gustado quedarnos a vivir.

Pero no, había que volver a Zaragoza, abandonar nuestro palacio de ensueño en Santurtzi y regresar a nuestro hogar con Klimt a afrontar la dura vuelta a la realidad de un lunes que se hizo demasiado cuesta arriba. Ahora recuerdo nuestra escapada como un sueño que tuvimos la suerte de vivir en unas extrañas condiciones que al final dieron como resultado el fin de semana perfecto. 

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2 comentarios en “Andandabidegorri o las aventuras de dos maños en Bilbao

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